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LA SOBERANÍA DE DIOS Y LA ORACIÓN

manos orandoPor: Arthur Walkington Pink (1886-1952)

“...Si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye” (1Juan 5:14).

En todo este libro nuestro principal objeto ha sido exaltar al Creador y humillar a la criatura. La tendencia casi universal hoy día es engrandecer al hombre y deshonrar y degradar a Dios. Por todos lados se descubrirá que, cuando se trata de cosas espirituales, el aspecto y el elemento humano es objeto de mayor atención, mientras el aspecto divino, si no se ignora totalmente, queda por lo menos relegado a segundo término. Esto se puede aplicar a gran parte de las enseñanzas modernas acerca de la oración. En la inmensa mayoría de los libros y sermones que se escriben y predican sobre la oración, el elemento humano llena la escena casi por completo: las condiciones que nosotros tenemos que cumplir, las promesas que nosotros tenemos que “reclamar”, las cosas que nosotros tenemos que hacer para que se nos concedan nuestras peticiones; mientras que lo que Dios dice, los derechos de Dios y la gloria de Dios, reciben a menudo muy poca atención.

Para aclarar lo que está ocurriendo hoy, reproducimos un breve artículo editorial (titulado “¿Oración o Destino?"), que apareció recientemente en uno de los principales semanarios religiosos: “Dios en Su soberanía ha ordenado que los destinos humanos puedan ser cambiados y moldeados por la voluntad del hombre. Esto constituye el centro de la verdad de que la oración cambia las cosas, o sea, que Dios cambia las cosas cuando los hombres oran. Alguien lo ha expresado notablemente de la siguiente manera: ‘Hay ciertas cosas que ocurrirán en la vida de un hombre tanto si ora como si no. Otras cosas ocurrirán si ora, y no ocurrirán si no ora’. Un obrero cristiano se sintió vivamente impresionado por estas palabras cuando estaba entrando en una oficina, oró pidiendo que el Señor le abriera el camino para poder hablar a alguien acerca de Cristo, creyendo que las cosas cambiarían porque había orado. Luego su mente siguió pensando en otras cosas y la oración quedó olvidada. Llegó la oportunidad de hablar al hombre de negocios a quien visitaba, pero no la aprovechó. Cuando salía, recordó su oración hecha media hora antes, y la respuesta de Dios. Volvió rápidamente sobre los pasos y sostuvo entonces una conversación con aquel hombre, a quien, aunque era miembro de una iglesia, nadie le había preguntado nunca si era salvo. ¡Entreguémonos a oración, y abramos el camino para que Dios cambie las cosas! ¡Seamos cuidadosas, para evitar convertirnos prácticamente en fatalistas si no ejercemos la voluntad que Dios ha dado en la oración!”.

Lo que acabamos de reproducir ilustra lo que actualmente se enseña sobre el tema de la oración; y lo deplorable es que apenas se levanta una voz en son de protesta. Decir que “los destinos humanos pueden ser cambiados y moldeados por la voluntad del hombre” es pura incredulidad; no hay otro término para calificarlo. Si alguno discutiera esta calificación, le preguntaríamos si podría hallar un incrédulo en alguna parte que disintiera de la forma de pensar, y estamos seguros de que no podría. Decir que “Dios ha ordenado que los destinos humanos puedan ser cambiados y moldeados por la voluntad del hombre” es absolutamente falso. “El destino humano” no lo decide “la voluntad del hombre”, sino la voluntad de Dios. Lo que determina el destino humano es el que un hombre haya nacido de nuevo o no, pues está escrito: “El que no naciere otra vez no puede ver el reino de Dios”. Y en cuanto a la voluntad responsable del nuevo nacimiento, Juan 1:13 declara sin lugar a duda cuál es: “los nacieron no de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón, sino DE DIOS”. Decir que “el destino humano” puede ser cambiado por la voluntad del hombre, es hacer que la voluntad de la criatura sea suprema, lo cual es lo mismo que quitarle a Dios de su trono. Más, ¿qué dice la Escritura? Responda el Libro: “Jehová hace morir y hace vivir. El hace descender al Seol y hace subir. Jehová hace empobrecer y hace enriquecer. Él humilla y enaltece. Él levanta del polvo al pobre y al necesitado enaltece desde la basura, para hacerle poseer un trono de honor” (1Sam.2:6-8).

Volviendo al artículo que estamos repasando, se nos dice a continuación: “Esto constituye el centro de la verdad de que la oración cambia las cosas, o sea, que Dios cambia las cosas cuando los hombres oran”. Casi en todas partes nos topamos hoy con un cartelón que dice: “La Oración Cambia las Cosas”. Lo que se pretende decir con estas palabras se descubre fácilmente en la literatura que circula sobre la oración: nosotros hemos de persuadir a Dios para El cambie de propósito. Más adelante diremos algo más sobre esto.
El escritor del editorial que nos ocupa, dice lo siguiente: “Alguien lo ha expresado eficazmente de la siguiente manera: ‘Hay ciertas cosas que ocurrirán en la vida de un hombre tanto si ora como si no. Otras cosas ocurrirán si ora, y no ocurrirán si no ora’”. El hecho de que hay cosas que ocurren tanto si un hombre ora como si no, está ejemplificado diariamente en las vidas de los no regenerados, la mayoría de los cuales no ora jamás. El que “otras cosas ocurrirán si ora” hay que admitirlo con reservas. Si un creyente ora en fe y pide aquello que está de acuerdo con la voluntad de Dios, muy ciertamente alcanzará lo que ha pedido. Asimismo, el que otras cosas ocurrirán si ora, es también cierto en cuanto a los beneficios subjetivos derivados de la oración: Dios llegará a ser más real para él, y sus promesas más preciosas. El que “otras cosas no ocurrirán si no ora” es cierto en cuanto a su propia vida; una vida sin oración significa una vida apartada de la comunión con Dios y todo lo que esto encierra. Pero afirmar que Dios no quiere ni puede hacer que acontezca lo que se ha propuesto a menos que oremos, es absolutamente erróneo, pues el mismo Dios que ha decretado el fin ha decretado también los medios por los que dicho fin será alcanzado, uno de los cuales es la oración. El Dios que ha determinado conceder una bendición, da también un espíritu de súplica que primeramente la busca.
Pero afirmar que Dios no quiere ni puede hacer que acontezca lo que se ha propuesto a menos que oremos, es absolutamente erróneo, pues el mismo Dios que ha decretado el fin ha decretado también los medios por los que dicho fin será alcanzado, uno de los cuales es la oración. El Dios que ha determinado conceder una bendición, da también un espíritu de súplica que primeramente la busca.
El ejemplo (del obrero cristiano y el hombre de negocios) que se cita en ese artículo, es muy poco afortunado. Según los términos de la ilustración, Dios no contestó en absoluto la oración del obrero cristiano, puesto que, al parecer, no se abrió el camino para que pudiera hablar a aquel hombre acerca de su alma. Pero al dejar la oficina y recordar su oración, el obrero cristiano (acaso en la energía de la carne) decidió contestar la oración por sí mismo, y en vez de dejar que el Señor “abriese el camino”, tomó el asunto en sus manos.

Citamos a continuación un pasaje de uno de los libros más recientemente publicados sobre la oración. En él dice el autor: “Las posibilidades y la necesidad de la oración, su poder y sus resultados, se manifiestan en la detención y alteración de los propósitos de Dios y en el alivio que reporta cuando su poder azota fuertemente”. Semejante afirmación es una horrible reflexión acerca del carácter del Dios altísimo, quien “hace según su voluntad, y no hay quien estorbe su mano, y le diga: ¿qué haces?”. No hay la menor necesidad de que Dios cambie sus designios ni altere sus propósitos, por la razón absolutamente suficiente de que fueron formados bajo el influjo de la bondad perfecta y la sabiduría infalible. Es posible que los hombres tengan que alterar a veces sus propósitos, pues su vista es tan corta que a menudo no pueden prever lo que ocurrirá después de haber formado sus planes; pero no ocurrirá así en Dios: El conoce el fin desde el principio. Afirmar que Dios cambia su propósito es impugnar su bondad o negar su eterna sabiduría.

En el mismo libro se nos dice: “Las oraciones de los santos de Dios son el capital en el cielo por medio del cual Cristo lleva a cabo su gran obra en la tierra. Las grandes angustias y poderosas convulsiones del mundo son resultado de estas oraciones. La tierra experimenta cambios, revoluciones; los ángeles se mueven con alas más potentes y rápidas, y la línea de conducta de Dios se va formando a medida que las oraciones son más numerosas y más eficientes”. Esto es aun peor si cabe, y no vacilamos en declarar que está escrito en abierta oposición con las enseñanzas de la Escritura.
En primer lugar, niega terminantemente Efesios 3:11, cuya enseñanza es que Dios tiene una “determinación eterna”. Si el propósito de Dios es eterno, su “línea de conducta” no “está formándose” en la actualidad. En segundo lugar, contradice Efesios 1:11, en donde se declara explícitamente que Dios “realiza todas las cosas conforme al consejo de su voluntad"; por lo cual se infiere que las oraciones del hombre no están “formando” el “proceder de Dios”. En tercer lugar, una declaración como la mencionada hace que la voluntad de la criatura sea suprema, pues si nuestras oraciones encauzan el proceder de Dios, es que el Altísimo está subordinado a los gusanos de la tierra. Bien preguntó el Espíritu Santo a través del apóstol: “¿Quién entendió la mente del Señor? ¿O quién llegó a ser su consejero?” (Rom.11:34).

Tales pensamientos sobre la oración tienen su origen en un indigno e insuficiente conocimiento de lo que Dios es. Poco consuelo reporta, quizá ninguno, el pensar que oramos a un Dios parecido al camaleón, que cambia de color diariamente. ¿Qué aliento hay en levantar nuestros corazones a Aquel que tiene un pensamiento hoy y otro mañana? ¿De qué servirá suplicar a un monarca terrenal, si supiéramos que era tan voluble como para conceder una petición un día y negarla otro? ¿Acaso no es precisamente la inmutabilidad de Dios lo que más nos alienta a orar? Por ser Él “sin mudanza ni sombra de variación” tenemos la seguridad de que si pedimos algo conforme a su voluntad estamos certísimos de ser oídos. Como acertadamente observó Lutero, “la oración no es vencer la desgana de Dios, sino confiar en su buena voluntad”.
…”la línea de conducta de Dios se va formando a medida que las oraciones son más numerosas y más eficientes”… Tales pensamientos sobre la oración tienen su origen en un indigno e insuficiente conocimiento de lo que Dios es.
Y esto nos lleva a hacer unas cuantas observaciones en lo que toca al designio de la oración. ¿Por qué ha determinado Dios que oremos? La inmensa mayoría de las personas respondería: Para que podamos obtener de Dios lo que necesitamos. Si bien éste es uno de los propósitos de la oración, no es en modo alguno el principal. Además, esto equivale a considerar la oración sólo desde el punto de vista humano, lo cual crea la triste necesidad y urgencia de contemplarla desde su aspecto divino. Consideremos, pues, algunas de las razones por las que Dios nos haya mandado orar.

En primer lugar, y ante todo, la oración es un mandamiento para que Jehová Dios sea honrado. El Señor quiere que reconozcamos que El es verdaderamente “el Alto y Sublime, el que habita la eternidad” (Isa.57:15). Dios exige que confesemos su dominio universal; al pedir al Señor que lloviese, Elías no hizo sino confesar Su control sobre los elementos; al orar a Dios pidiendo que libre a un pobre pecador de la ira que ha de venir. Reconocemos que “¡La salvación pertenece a Jehová!” (Jon.2:10); al suplicar su bendición sobre el Evangelio hasta lo último de la tierra, declaramos su soberanía sobre el mundo entero.
Asimismo, Dios exige que le adoremos, y la oración, la verdadera oración, es un acto de culto. La oración es un culto, puesto que es un postrarse del alma ante Él; puesto que es invocar Su nombre santo y grande; puesto que es confesar Su bondad, Su poder, Su inmutabilidad, Su gracia; y puesto que es el reconocimiento de Su soberanía, confesada al someterse a Su voluntad. Es muy significativo observar, en este aspecto, que Cristo no llamó al Templo, Casa de Sacrificio, sino Casa de Oración.
Asimismo, la oración redunda en gloria de Dios, pues en ella no hacemos sino reconocer que dependemos de Él. Cuando suplicamos humildemente al Ser Divino, nos ponemos en sus manos y a su merced. Al buscar las bendiciones de Dios confesamos que El es el autor de toda buena dádiva y todo don perfecto. El hecho de que la oración da gloria a Dios se aprecia también en que ella nos lleva al ejercicio de la fe, y nada le honra y le agrada tanto en nosotros como la confianza de nuestros corazones.

En segundo lugar, Dios ha designado la oración para nuestra bendición espiritual, como medio para nuestro crecimiento en la gracia. Cuando tratamos de aprender cuál es el designio de la oración, debiéramos de aprender siempre en este aspecto antes de pasar a considerarla como medio de obtener la satisfacción de nuestras necesidades. Dios ha designado la oración para nuestra humillación. La oración, o la verdadera oración, es ponerse ante la presencia de Dios, y la experiencia de Su inmensa majestad produce en nosotros el pleno conocimiento de nuestra nulidad e indignidad. Asimismo, la oración ha sido designada por Dios para ejercicio de nuestra fe. La fe es engendrada por la Palabra (Rom.10:17), pero ejercitada en la oración; por esto leemos de “la oración de fe”. Asimismo, la oración lleva al amor a obrar. Del hipócrita se dice: “¿Se deleitará en el Todopoderoso? ¿Invocará a Dios en todo tiempo?” (Job.27:10). Pero los que aman al Señor no pueden estarse muy lejos de Él, pues se deleitan en descargar en Él sus pesares. No solamente la oración lleva al amor a obrar, sino que, por las respuestas directas otorgadas a nuestras oraciones, nuestro amor a Dios aumenta; es incrementado: “Amo a Jehová, pues ha escuchado mi voz y mis súplicas” (Sal.116:1). Además, la oración ha sido designada por Dios para enseñarnos el valor de las bendiciones que hemos buscado en Él, haciendo que nos gocemos tanto más cuando Él nos ha concedido lo que le habíamos suplicado.

En tercer lugar, la oración ha sido mandada por Dios para que busquemos en El las cosas que necesitamos. Mas aquí puede presentarse una dificultad a los que han leído cuidadosamente los capítulos anteriores de este libro. Si Dios, antes de la fundación del mundo, ha preordenado (ordenado o decretado desde antes) todo lo que ocurre dentro del tiempo, ¿de qué sirve la oración? Si es cierto que “de Él, y por medio de Él y para Él son todas las cosas” (Rom.11:36), ¿por qué orar? Antes que contestamos directamente a estas cuestiones, conviene indicar que existen las mismas razones para preguntar: ¿de qué sirve que yo comparezca ante Dios y le diga lo que ya sabe? ¿De qué sirve que le presente mi necesidad si Él ya la conoce?, que para objetar: ¿de qué sirve orar por una cosa si todo ha sido ordenado de antemano por Dios? La oración no tiene por objeto informar a Dios, como si Él no supiese las cosas (el Salvador declaró explícitamente, en Mat.6:8 “...porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis"), sino que es para reconocer que ya sabe de qué cosas estamos necesitados. La oración no ha sido designada para que Dios pueda saber lo que necesitamos, sino como confesión a Dios de nuestra experiencia de la necesidad. En esto, como en todo, los pensamientos de Dios no son como los nuestros. Dios quiere que Sus dones sean buscados. Se ha propuesto que le honremos pidiéndole, de la misma manera que le hemos de dar gracias después de habernos concedido su bendición.
La oración no tiene por objeto informar a Dios, como si Él no supiese las cosas…sino que es para reconocer que ya sabe de qué cosas estamos necesitados. La oración no ha sido designada para que Dios pueda saber lo que necesitamos, sino como confesión a Dios de nuestra experiencia de la necesidad.
Sin embargo, vuelve a planteársenos la siguiente cuestión: Si Dios ha predestinado todo lo que acaece, y si controla todos los acontecimientos, ¿no será la oración una práctica poco provechosa? Estas preguntas tienen una respuesta suficiente: oramos porque Dios nos manda orar: “Orad sin cesar” (1Tes.5:17). “Les refirió también una parábola acerca de la necesidad de orar siempre y no desmayar”. También declara la Biblia que “la oración de fe dará salud al enfermo....” y “La ferviente oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho” (Stg.5:15,16). El Señor Jesucristo, nuestro ejemplo perfecto en todas las cosas, fue de modo preeminente un Hombre de Oración. Es evidente, pues, que la oración no carece de significado ni de valor. No obstante todo lo dicho, la dificultad no ha sido allanada, ni la pregunta con que empezamos, respondida. ¿Cuál es, pues, la relación entre la soberanía de Dios y la oración cristiana?
Ante todo, queremos dejar bien sentado que la oración no tiene objeto alterar el propósito de Dios, ni moverle a formarse otro nuevo. Dios ha decretado que ciertos acontecimientos tengan lugar a través de los medios que Él ha designado para su cumplimiento. Dios ha elegido a ciertas personas para ser salvas, pero también ha decretado que lo sean por medio de la predicación del Evangelio. El Evangelio, pues, es uno de los medios establecidos para el cumplimiento del eterno consejo del Señor, como la oración es otro. Dios ha decretado los medios al mismo tiempo que el fin, y entre dichos medios está la oración. Aun las plegarias de su pueblo están incluidas en sus eternos decretos. Por tanto, en vez de ser las oraciones algo vano, se encuentran entre los medios por los cuales Dios realiza sus decretos. “Si es cierto que las cosas ocurren por un azar ciego, o por necesidad fatal, las oraciones, en tal caso, no tendrían la menor eficacia moral, ni utilidad alguna; pero dado que están reguladas por la dirección de la sabiduría divina, tienen un lugar en el orden de los acontecimientos” (Haldane).

La Escritura enseña claramente que las oraciones pidiendo precisamente el cumplimiento de las cosas que Dios ha decretado no carecen de significado. Elías sabía que Dios estaba a punto de dar la lluvia, pero esto no le impidió entregarse inmediatamente a la oración (Santiago 5:17,18). Daniel “entendió” por los escritos de los profetas que la cautividad debía durar solamente setenta años, pero cuando estos setenta años habían casi terminado, se nos dice que volvió su “rostro al Señor Dios, buscándole en oración y ruego, con ayuno, cilicio y ceniza” (Dan.9:2,3). Dios dijo al profeta Jeremías: “Porque yo sé los planes que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, planes de bienestar y no de mal, para daros porvenir y esperanza”. Y en vez de añadir: “No hay, pues, necesidad de que me pidáis por estas cosas”, dijo: “Me invocaréis. Vendréis y oraréis a mí, y yo os escucharé” (Jer.29:11-12).
En Ezequiel 36 leemos las promesas explícitas, positivas e incondicionales que Dios ha hecho tocante a la futura restauración de Israel; pero el versículo 37 de dicho capítulo se nos dice: “Así ha dicho el Señor Jehová: Aún he de ser buscado por la casa de Israel para hacerles esto”. Aquí tenemos pues el designio de la oración: no para que Dios altere su voluntad, sino para que se cumpla en la hora y manera perfectas que El ha establecido. Es por haber Dios prometido ciertas cosas que podemos pedirlas en plena certidumbre de fe. El propósito de Dios es que su voluntad se cumpla por los medios que El mismo ha decretado, y hacer bien a su pueblo conforme a sus propias condiciones, es decir por los “medios” y “condiciones” de la súplica y el ruego. ¿Acaso el Hijo de Dios no sabía con certeza que después de su muerte y resurrección sería exaltado por el Padre? Sin duda que lo sabía. Pero he aquí que lo hayamos pidiendo precisamente esto: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú en tu misma presencia, con la gloria que yo tenía en tu presencia antes que existiera el mundo” (Juan 17:5). ¿No sabía igualmente que ninguno de los suyos perecería? ¡Sin embargo, rogó al Padre que los “guardara”! (Juan 17:11).

Finalmente, conviene decir que la voluntad de Dios es inmutable, y que nuestros clamores no pueden alterarla. Cuando su pensamiento no está hacia un pueblo para hacerle bien, las más fervientes e importunas oraciones de aquellos que le busquen con el mayor interés, no pueden volverlo hacia ellos: “Entonces Jehová me dijo:, —Aunque Moisés y Samuel se pusiesen delante de mí, mi alma no estaría con este pueblo. Échalos de mi presencia, y que se vayan” (Jeremías 15:1). Las oraciones de Moisés para entrar en la tierra prometida constituyen un caso paralelo.

Nuestras creencias con respecto a la oración han de ser revisadas y conformadas con las enseñanzas de la Escritura. He aquí la idea que, por lo común, se tiene hoy día: Me presento ante Dios, le pido algo que necesito, y espero que me lo dé. Pero este concepto es en sumo grado deshonroso y degradante. Las creencias populares rebajan a Dios a la categoría de un mero siervo, nuestro siervo: hace lo que le decimos, cumple nuestra voluntad, y concede nuestros deseos. No; orar es presentarme ante Dios, contarle ni necesidad, encomendarle mis caminos, y dejar que haga según a Él le parezca mejor. De esta forma someto mi voluntad a la suya, en vez de procurar, como en el caso anterior, someter la suya a la mía.
He aquí la idea que, por lo común, se tiene hoy día: Me presento ante Dios, le pido algo que necesito, y espero que me lo dé. Pero este concepto es en sumo grado deshonroso y degradante. Nuestras creencias con respecto a la oración han de ser revisadas y conformadas con las enseñanzas de la Escritura…Orar es presentarme ante Dios, contarle ni necesidad, encomendarle mis caminos, y dejar que haga según a Él le parezca mejor. De esta forma someto mi voluntad a la suya, en vez de procurar…someter la suya a la mía.

No hay oración agradable a Dios a menos que el espíritu que la mueve sea el que dice: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. “Cuando Dios concede bendiciones a una congregación que ora, no es por causa de sus oraciones, como si éstas le inclinaran y movieran a ello; sino que es por Su propia causa, y por Su propia voluntad soberana. Si se dijera: Entonces ¿qué propósito tiene la oración?, se responde: Esta es la manera y los medios que Dios ha establecido para la comunicación de las bendiciones de Su bondad a Su pueblo. Pues, aunque las ha provisto, las ha prometido, y se ha propuesto darlas, para que así sea quiere también que se las pidan; siendo un deber y un privilegio el pedir. Cuando se es bendecido con un espíritu de oración, es una buena señal y parece indicar que Dios se propuso conceder las buenas cosas pedidas, las cuales deben pedirse siempre con sumisión a Su voluntad, diciendo: No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Juan Gill).

La distinción que acabamos de hacer es de gran importancia práctica para la paz de nuestro corazón. Acaso pueda decirse que la cuestión de las oraciones no contestadas es una de las que más inquietan a los cristianos. Piden a Dios, y, según su manera de ver las cosas, piden con fe, creyendo que recibirán aquello por lo que suplican al Señor. Piden encarecida y repetidamente, pero la respuesta no llega. El resultado es que, en la mayoría de los casos, la fe en la eficacia de la oración se debilita, hasta que la esperanza cede al desaliento y el trono de la gracia queda completamente olvidado. ¿No es así?
Ahora bien, ¿quedarán sorprendidos nuestros lectores si decimos que toda verdadera oración de fe ofrecida a Dios ha sido contestada? Y sin embargo lo afirmamos sin vacilar. Pero al mismo tiempo que lo decimos, hemos de volver a referirnos a nuestra definición de lo que es oración. Permítasenos que la repitamos. Oración es un presentarse ante Dios contándole nuestra necesidad (o la necesidad de otros), encomendándole nuestro camino, y dejando que El proceda según mejor le parezca. Esto es dejar que Dios conteste la oración de la manera que Él crea conveniente, sea la que sea, bien que, a menudo, su respuesta quizá sea la que menos agrade a la carne. Sin embargo, si realmente hemos DEJADO nuestra necesidad en sus manos, será su respuesta a pesar de todo. Veamos dos ejemplos:

En Juan 11 leemos acerca de la enfermedad de Lázaro. El Señor lo “amaba”, pero estaba ausente de Betania. Las hermanas enviaron un mensaje al Señor para darle a conocer el estado de su hermano. Y nótese particularmente los términos en que estaba concebida su llamada: “Señor, he aquí el que amas está enfermo.” Eso fue todo. No le pidieron que sanara a Lázaro. No solicitaron que se apresure a ir a Betania. ¡Le presentaron simplemente su necesidad, pusieron el caso en Sus manos, y dejaron que actuara según El considerase más oportuno! ¿Y cuál fue la respuesta de nuestro Señor? ¿Atendió a su llamamiento y contestó a su muda súplica? Sí, por cierto, aunque quizá no de la manera que ellas habían esperado. ¡Contestó permaneciendo “aún dos días más en el lugar donde estaba” (Juan 11:6), y dejando que Lázaro muriera! Pero en este caso, eso no fue todo. Más tarde se trasladó a Betania y levantó a Lázaro de entre los muertos. Nuestro propósito al mencionar este pasaje, es ilustrar la actitud adecuada del creyente ante Dios, en la hora de la necesidad. El siguiente ejemplo mostrará aún más evidentemente el método divino para responder a la necesidad de uno de sus hijos.
Consultemos 2Cor.12. Se ha concedido al apóstol Pablo un privilegio inaudito. Ha sido arrebatado al Paraíso. Sus oídos han escuchado y sus ojos han contemplado lo que ningún otro mortal ha oído ni visto en el lado de acá de la muerte. La maravillosa revelación fue más de lo que el apóstol podía soportar. Estaba en peligro de hincharse a causa de su extraordinaria experiencia. Por tanto, se le envía un aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que le abofetee para que no se enaltezca sobremanera. Y el apóstol presenta su necesidad ante el Señor; le implora por tres veces que este aguijón en la carne se quite de él. ¿Fue contestada su oración? Sin duda, aunque no como había deseado. El aguijón no fue quitado, pero le fue dada gracia para soportarlo. La carga no fue retirada, pero le fue concedida fortaleza para llevarla.

¿Objetará alguno diciendo que es privilegio nuestro hacer algo más para presentar nuestra necesidad ante Dios? ¿Se nos dirá, acaso, que Dios, por decirlo así, nos ha dado un cheque en blanco y nos ha invitado a llenarlo? ¿Se dirá, quizá, que sus promesas lo incluyen todo, y que podemos pedirle lo que queramos? Si es así, hemos de llamar la atención al hecho de que es necesario comparar texto con texto en la Biblia si queremos conocer todo el pensamiento de Dios sobre cualquier tema, y al hacerlo en este particular, descubrimos cómo Dios ha limitado las promesas dadas a las almas que oran, diciendo: “si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye” (1Jn.5:14). La verdadera oración es comunión con Dios, de modo que habrá pensamientos comunes entre su mente y la nuestra. Es necesario que Él llene nuestros corazones de Sus pensamientos, para que Sus deseos se conviertan en nuestros deseos, y éstos retornen de nuevo a Él. He aquí, pues, el punto de unión entre la soberanía de Dios y la oración cristiana: Si pedimos algo conforme a su voluntad, El nos oye, y si no pedimos, no nos oye; como dice el apóstol Santiago, “Pedís, y no recibís; porque pedís mal, para gastarlo en vuestros placeres” 4:3).
La verdadera oración es comunión con Dios, de modo que habrá pensamientos comunes entre Su mente y la nuestra. Es necesario que Él llene nuestros corazones de Sus pensamientos, para que Sus deseos se conviertan en nuestros deseos, y éstos retornen de nuevo a Él. He aquí, pues, el punto de unión entre la soberanía de Dios y la oración cristiana: Si pedimos algo conforme a su voluntad, El nos oye.
Pero, ¿no dijo el Señor Jesús a sus discípulos: “En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo que todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, él os lo dará” (Juan 16:23). Sí, en efecto; por su promesa no da carta blanca a aquellos que oran. Estas palabras de nuestro Señor están de perfecto acuerdo con las del apóstol Juan: “si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos oye” (1Jn.5:14). ¿Qué es pedir “en mi nombre"? Sin duda, muchísimo más que una fórmula de oración, mucho más que la mera conclusión de nuestras súplicas con las palabras “en el nombre de Cristo”. ¡Solicitar algo a Dios en el nombre de Cristo ha de estar necesariamente de acuerdo con lo que Cristo es! Pedir a Dios en el nombre de Cristo es como si Cristo mismo fuera el que suplicase. Solamente podemos pedir a Dios lo que Cristo pediría. ¡Pedir en el nombre de Cristo es, por tanto, descartar nuestra propia voluntad aceptando la de Dios!
Ampliemos ahora nuestra definición de lo que es la oración. ¿Qué es la oración? La oración no es tanto un acto como una actitud; una actitud de dependencia, de dependencia de Dios. La oración es la confesión de flaqueza que hace la criatura, confesión de impotencia. La oración es el reconocimiento de nuestra necesidad, la cual presentamos ante Dios. No decimos que esta definición sea exhaustiva; no lo es. Pero sí, ciertamente, que estos elementos son su parte esencial y primordial. Reconocemos francamente nuestra total incapacidad para dar una definición completa de lo que es la oración en el espacio de una breve frase, o en un número concreto de palabras. La oración es tanto una actitud como un acto, un acto humano que al mismo tiempo posee un elemento divino, elemento que impide efectuar todo análisis, hecho que asimismo, sería una tentativa impía. Empero admitiendo esto, insistimos de nuevo en que la oración es fundamentalmente una actitud de dependencia de Dios. Por tanto, orar es precisamente lo contrario de dictar algo a Dios. Puesto que la oración es una actitud de dependencia, el que ora de veras es sumiso a la voluntad de Dios; sumisión que significa que estamos contentos de que el Señor ministre nuestra necesidad conforme a los dictados de su propia voluntad soberana. Y por esto decimos que toda oración ofrecida a Dios en este espíritu, recibirá con toda certeza una respuesta de Él.

He aquí, pues, la contestación a nuestra pregunta inicial, y la solución bíblica a la aparente dificultad. La oración no es pedir a Dios que cambie su propósito que forme uno nuevo. La oración es la adopción de una actitud de dependencia de Dios, presentar ante El nuestra necesidad, pedir aquellas cosas que están de acuerdo con su voluntad. Así, pues, no hay absolutamente nada incompatible entre la soberanía divina y la oración cristiana.
Por tanto, orar es precisamente lo contrario de dictar algo a Dios. Puesto que la oración es una actitud de dependencia, el que ora de veras es sumiso a la voluntad de Dios; sumisión que significa que estamos contentos de que el Señor ministre nuestra necesidad conforme a los dictados de su propia voluntad soberana.
Al terminar este capítulo, quisiéramos insertar unas palabras de advertencia para salvaguardar al lector del peligro de sacar conclusiones falsas de lo que se ha dicho. No hemos tratado de resumir aquí todas las enseñanzas de la Escritura sobre el tema de la oración, y ni siquiera hemos intentado estudiar de una forma general el problema de la oración; sino que nos hemos limitado, más o menos, a considerar la relación que existe entre la soberanía de Dios y la oración cristiana. Lo que hemos escrito va destinado principalmente a servir de protesta contra gran parte de las enseñanzas modernas, que de tal manera enfatizan el elemento humano de la oración, que el aspecto divino se pierde de vista casi por entero.
En Jeremías 10:23 se nos dice que no es del hombre que camina ordenar sus pasos (veáse Pro.16:9); pero en muchas de sus oraciones el hombre pretende impíamente dirigir al Señor en Su camino, y en lo que El debe hacer. Hasta tal punto esto es así, que el hombre, con sus súplicas irreverentes, implícitamente declara que si él dirigiera los asuntos del mundo y de la Iglesia, pronto haría que las cosas fueran muy diferentes de lo que son. Esto no puede negarse: cualquiera que tenga el menor discernimiento espiritual no puede dejar de apreciar este espíritu en muchas de nuestras modernas reuniones de oración, donde la carne ejerce su poder. ¡Cuán tardos somos para aprender la lección de que la criatura altiva necesita que la obliguen a caer de rodillas y humillarse en el polvo! Y éste, precisamente, es el lugar a donde debe llevarnos la oración. ¡Pero el hombre (con su acostumbrada perversidad) convierte el estrado en un trono desde donde quisiera dirigir al Omnipotente en lo que Este debiera hacer! ¡La impresión que se saca es la de que si Dios tuviese la mitad de la compasión que tienen los que “oran”, todo se arreglaría rápidamente! Tal es la arrogancia de la vieja naturaleza, aun en un hijo de Dios.

Nuestro propósito principal en este capítulo ha sido el de hacer énfasis en la necesidad que hay de que en la oración sometamos nuestras voluntades a la de Dios. Pero conviene también añadir que la oración es mucho más que una práctica piadosa, y algo muy diferente de una función mecánica. La oración es, sin duda, un medio decretado por Dios por el cual podemos obtener de Él las cosas que pedimos, con tal que pidamos conforme a su voluntad. Estas páginas se habrán escrito en vano a menos que induzcan, tanto al autor como al lector, a clamar con más profundo fervor que nunca:
“Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1).