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LA SOBERANIA DE LA GRACIA


CruzPor: J.L. DAGG, D.D. (1794-1884)

Dios otorga las bendiciones de su gracia, no conforme a las obras del receptor, sino con forme a su voluntad soberana. (“Tim.1-9; rom. 9-16; Fil.2-13; Mat. 11-25; Luc. 10-21; Ef. 2:4-9).

Dios es soberano en hacer lo que le place. No es controlado por ningún otro ser. Ningún ser superior existe quien pueda dictar a Jehová lo que debería hacer, o  impedirle de la ejecución de su beneplácito, o llamarle a cuentas por cualquier cosa que el hiciera.
La soberanía debe distinguirse de la arbitrariedad. En esta última, la voluntad del agente dirige la acción sin referencia a un propósito bueno y sabio que ha de ser realizado. Cuando Dios actúa conforme a su beneplácito, podemos decir que es bueno porque siempre está dirigido a un propósito bueno, el es soberano en sus actos porque sus actos son determinados por  sus propias perfecciones. El tiene una regla en todo lo que hace pero esta regla no le es prescrita por ningún otro ser, ni tampoco existe en forma independiente de Él. Esta regla se encuentra en su propio carácter. En sus actos se manifiesta y es revelada tal naturaleza.

En algunos aspectos la naturaleza divina nos es revelada de tal manera que podemos entender la norma a la cual sus actos se conforman. Por ejemplo, en la distribución de recompensas y castigos conforme a las obras de los hombres, podemos ver su justicia y observamos un proceso por el cual nos explicamos lo que ocurre y hasta cierto punto podemos decir de antemano lo que sucederá. Pero hay misterios en la naturaleza divina que son demasiado profundos para nuestra comprensión y por lo tanto, somos incapaces de explicar la norma por la cual se rige el proceder de Dios. Estos son los casos los cuales referimos especialmente a la soberanía de Dios.
Dios no es menos soberano en su justicia que en los procederes en los cuales no nos ha dado ninguna explicación. Pero, nos inclinamos ante su soberanía ejercitando una confianza sencilla en Él cuando somos menos capaces de explicar  y comprender lo que Él hace. Ha sido en su agrado dejar que en muchos de sus procederes estén rodeados de misterio a fin de que tengamos ocasiones para ejercer esta confianza en Él, la cual el agrada y nos es provechosa.

Somos muy propensos a demandar la norma de los actos de Dios y a prescribirle reglas por las que Dios debería actuar, pero las Escrituras nos enseñan a refrenar esta tendencia: “Dirá el vaso de barro al que lo formó: Porque me has hecho así” (Rom. 9:20). “Por qué contiendes contra Él porque Él no da cuenta de ninguna de sus razones” (Job 33: 13). Pero aunque las Escrituras no explican aquellas acciones divinas, las cuales somos obligados a atribuir solamente a su soberanía inescrutable, no obstante nos enseñan que Dios no es gobernado por tales normas como las que prescribiera la sabiduría humana. Sus caminos no son los nuestros y sus pensamientos son más altos que los nuestros como el cielo es más alto que la tierra (Is 55:9).

A menudo los hombres se quejan que los caminos de Dios no son rectos, y le acusan de ser parcial en sus tratos con sus creaturas. Cuando esta acusación es levantada contra Él, de tal manera que implique injusticia en algo que Él hace; Él rechaza la acusación diciendo: “No son rectos mis caminos, casa de Israel ciertamente, vuestros caminos no son rectos.” (Ez. 18:29).

Pero al otorgar las bendiciones de su gracia; Dios reclama el derecho de hacer lo que quiere con lo que es suyo (Mt 20:15). Él no está obligado a dar a cada uno una medida igual de su favor no merecido. Ni tampoco está obligado a medir sus bendiciones que son libremente otorgadas en conformidad a las obras (méritos) de aquellos que las reciben. Esto es enseñado claramente en la Palabra Inspirada: “Nos salvó y nos llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos”. (2 Tim 1:9). “Pues no habían aun nacido ni habían hecho ni aun ni bien ni mal, para que le propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama” (Rom 9:11). “Así que no depende del que quiere no del que corre sino de Dios que tiene misericordia” (Rom 9:16).

En la condición de las criaturas que Dios ha hecho, observamos una diversidad a la cual no podemos asignar ningún límite.

En el reino vegetal, encontramos una gran variedad de productos, desde los cederos de Líbano hasta la más pequeña brizna de pasto. Algunos son bellos y fragantes o de gran utilidad y otros sin ninguna cualidad en la cual podamos percibir la razón de porque fueron creados. Entre los animales aparece una variedad casi sin límite en su tamaño, modos de vida y su capacidad para disfrutar su existencia. En la condición de los seres humanos se manifiesta también esta diversidad. Tal como una especie humana es diferente de las otras especies así la condición de cada hombre individual es diferente de la de los demás individuos pertenecientes a la misma especie. Un hombre pasa sus días en abundancia y descanso, y otro tiene une existencia miserable en pobreza y dura labor. Uno disfruta de buena salud ininterrumpida mientras que otro desde el principio de su vida es oprimido con dolor y enfermedad. Uno posee capacidad intelectual del más alto grado posible, favorecido de todos los medios necesarios para su cultivo; mientras que otros andan a tientas en una densa oscuridad sea debido a una incapacidad natural de su mente o a circunstancias desventajosas en las cuales “La suerte” de su vida le arrojó.

¿Por qué existe tanta diversidad? Debemos contestar con las palabras de Cristo: “Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos” (Mt 11. 26). Hasta cierto punto, los sufrimientos y gozos de los hombres en esta vida, son atribuibles a su propia conducta personal. (Y en tales casos la razón de los procederes divinos hacia ellos queda evidente). Pero, en el mayor número de casos, ninguna causa puede ser encontrada por la razón humana y esto nos impulsa a tribuir la explicación misteriosa solamente a la soberanía de Dios.

Como Dios es soberano en la creación y en la providencia, así también es soberano en el otorgamiento de su gracia que salva. “Repartiendo cada uno en particular como Él quiere” (1 Cor. 12:11). El esconde estas cosas de los sabios y entendidos y las revela a los niños, porque así es agradable en sus ojos (Mt. 11: 25). Cuando surge la cuestión “Porque quien te distingue o que tienes que no hayas recibido” (1 Cor. 4:7), la respuesta correcta es: “No es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia” y “Por la gracia de Dios soy lo que soy” (Rom. 9: 16; 1 Cor. 15: 10). En el otorgamiento de su gracia, la justicia es tomada en cuenta plenamente y ninguna injusticia es hecha a nadie. Pero la gracia se levanta por encima de la justicia dando un amplio lugar a  la manifestación de la soberanía divina en la distribución de bendiciones a las cuales ningún individuo tiene el más mínimo derecho.

Entre las reglas que los seres humanos tratan de prescribir a Dios para su conducta, está la tendencia de insistir en que las bendiciones de su gracia deberían ser asignadas conforme a las obras humanas. Nosotros no somos tan presuntuosos como para decir que sus bendiciones deberían ser otorgadas a causa de nuestras obras porque esto las convertiría en el pago de una deuda y anularía la gracia. Tanto la Escritura como la razón se unen para frenar el espíritu presuntuoso que reclamaría todo de Dios con base en méritos. Pero mientras que no reclamamos sus bendiciones, con base en méritos positivos; tenemos la tendencia de creer que hay cierto merito negativo en los objetos de su gracia porque no son tan malvados como otros .

Pero la sabiduría divina rechaza cualquier merito humano en este asunto. Saulo de Tarso, el primero de los pecadores, fue hecho un feliz receptor de la gracia divina, mientras que el gentil joven rico, quien desde su juventud se esforzaba para guardar la ley, fue dejado a perecer en su propia justicia. Los publicanos y las rameras entran al reino de Dios mientras que multitudes menos malvadas que ellos, son dejadas en el curso al cual su natural depravación les conduce. Estos casos enfatizan las declaraciones implícitas en las Escrituras de que nos somos salvos ni llamados conforme a nuestras obras.

Es cierto que en el día final, los hombres serán juzgados conforme a lo que hayan hecho en la carne, pero la cuestión del juicio de las obras del creyente es muy aparte de su salvación sin meritos. Los creyentes son llamados a ser santos y el juicio de sus obras en el día final, tiene que ver con su responsabilidad en el proceso de santificación. La santificación que experimentan como consecuencia de su salvación de gracia, será una evidencia de que en verdad fueron objetos de dicha gracia. Por lo tanto, decir que los hombres serán juzgados según sus obras, no implicas ninguna contradicción, en cuanto a que la salvación sea de vida solamente a la gracia soberana de Dios que hace distinción entre los hombres.