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¿QUÉ ES ESENCIAL?

Muro

En la jerga actual evangélica, se plantea la urgente necesidad de distinguir en doctrina lo que es fundamental o esencial de lo que no lo es. Por supuesto que hacer correctamente esta precisión viene a ser necesario prerrequisito para la verdadera unidad entre cristianos, la cual, según se cree, sufre en su aplicación, por no saber hacer esta diferencia. Es decir, que como iglesia avanzaríamos en la materialización de la unidad, si supiéramos distinguir entre doctrinas esenciales, las que proveen el terreno adecuado para la unidad, y las doctrinas secundarias o no esenciales, que generalmente se constituyen en un verdadero obstáculo para el avance de dicha unidad cristiana. Tener la habilidad de distinguir entonces lo que en doctrina es esencial y lo que es secundario, proveerá de mayor sabiduría en el mantenimiento de la tan esquiva unidad practica en el cuerpo de Cristo.

Sin duda que alrededor de este lenguaje, se generan varias inquietudes y objeciones legítimas de quienes anhelamos la unidad  fundamentada en la verdad de la Escritura en todo su consejo. Por un lado, el temor de hacer una brecha innecesaria en medio de la iglesia por asuntos superficiales, por otro lado, el celo de no construir una unidad sobre el fundamento débil del subjetivismo. El asunto de distinción entre lo esencial y lo no esencial, sugiere precisamente este camino subjetivo donde tal doctrina puede catalogarse como esencial para unos y secundaria para otros y en la realidad se destruye lo que se anhela construir. Usted puede mirar una explicación más específica de esta manera de concebir las doctrinas, aquí.

Valdría la pena preguntarnos ¿Basados en qué podemos llegar a tal distinción? ¿Sobre qué terreno unificado podremos hacer tal diferencia entre lo que es esencial o no? Cuando hablamos de doctrinas bíblicas ¿podemos hablar de partes de la Palabra de Dios esenciales y otras partes no esenciales? ¿Cómo medir el valor de una doctrina?


Precisamente, una aparente salida para salvaguardar la unidad (como hacer estas distinciones), está quitándole el piso solido de una verdadera, al arrojarnos al subjetivismo y a la diversidad de opiniones que pueden seguir al tratar de definir lo uno y lo otro. Quizás sería muchísimo mejor precisar las preguntas en aras de avanzar a la unidad de la fe, antes que seguir sumiendo la mente cristiana en este relativismo que desemboca en desunión.

La palabra “esencial” en el contexto de la unidad eclesiástica, debe ser más precisada o harán un daño más que proveer un beneficio. Las preguntas más acordes posiblemente serían ¿Tal o cual doctrina es esencial para qué? ¿En qué ámbito puede una doctrina ser esencial?

Creo que todos los confesos creyentes huiríamos del pensamiento que existen en la Palabra de Dios doctrinas reveladas que pueden o no ser atendidas o desechadas arbitrariamente, por no considerárseles esenciales. Creemos en la inspiración verbal y plenaria de la Escritura lo que asegura hasta el valor de cada una de las palabras divinas, porque reconocemos en última instancia su procedencia celestial. Pero también reconocemos que cada doctrina es esencial en un ámbito donde esta reina o gobierna.

Así, por ejemplo, si planteáramos ¿Qué doctrina es esencial para la justificación? Tendríamos que desechar a la verdad, doctrinas reveladas en la misma Escritura, porque no serían esenciales para este asunto específico y definido, un asunto concreto. Pero si se nos plantea ¿Qué doctrina es esencial para la santificación de la iglesia? ¿Qué doctrina es esencial para glorificar a Dios? Tendríamos respuestas más precisas, no subjetivas ni opcionales porque la Biblia es clara en sus afirmaciones. Siendo más precisos en las preguntas, la palabra de Dios sería mejor honrada y se gestaría en verdad la plataforma de una verdadera unidad en la fe.

En respuesta a la pregunta ¿Qué es esencial para salvación/justificación?  La respuesta no superaría las sentencias básicas de Cristo y de Pablo: ‘Esta es la obra… que creáis en el que [el Padre] ha enviado’ (Jn.6:29), ‘Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley' (Rom.3:28). Si de justificación hablamos, la obediencia a la ley no solo no sería una doctrina "no esencial", sino contradictoria, porque si la justicia fuera por la obediencia a la ley, dada por Dios mismo, en vano Cristo murió.

Pero esta ley que llegamos a considerar contraria a la justificación por la sola fe, sería una doctrina fundamental si habláramos de lo esencial para santificación, la obediencia aquí sería una doctrina esencial y esgrimir la "sola fe" en el aspécto de santificación, sería más bien una excusa negligente en el proceso que demanda la muerte continua del “yo” y la rendición al señorío de Cristo, como bien lo expresa Santiago 2:17-18.

La Unidad
Cuando escuchamos acerca de la unidad entre el cuerpo de Cristo y el prerrequisito de la distinción entre lo esencial y lo secundario, la pregunta inmediata que surge es ¿Sobre la base de qué doctrina nos uniremos? ¿Sobre la base de lo que es meramente esencial para justificación? Si la respuesta es afirmativa, entonces el cuerpo de Cristo no estaría autorizado para el entendimiento ni para la proclamación de ningún otro campo de la doctrina bíblica a menos que sea lo básico en soteriología, ya que ahondar en otros terrenos, lo haría en detrimento de la verdadera unidad. Es decir, a menos que hablamos de justificación por la fe, lo demás lo haríamos solo para contender sobre opiniones secundarias. Para otros la lista no se limita a la justificación sino a postulados un poco más amplios como los delineados en el credo apostólico. Pero volvemos al punto inicial ¿Basados en qué esa credo sí representa las doctrinas esenciales, cuando por ejemplo no habla de la inspiración de la Escritura ni su inerrancia?

cooperacion

La expectativa de la iglesia de Cristo, según Cristo mismo, es la unidad de la fe (doctrina) y el modelo apostólico, no nos deja campo para la especulación (Ef.4:11-16). La unidad propuesta por la Biblia, no viene por la disminución paulatina de la doctrina hasta lo mínimo aceptable en soteriología, sino que partiendo de este mínimo, la iglesia debe unirse cada vez más “hacia arriba”, hacia el Modelo del Varón Perfecto que es Cristo y todo el conjunto de lo que en este contexto se le llama 'Verdad'. Por así decirlo, es haciendo las murallas más altas que veremos mejor, es en la altura donde hay más luz y donde lograremos la verdadera unidad, no es “hacia abajo” donde reina el subjetivismo.

El razonamiento de buscar lo esencial en lo mínimo aceptable, conlleva en si una trampa. No solo porque sume a la iglesia en subjetivismo con respecto a la demás Biblia y todo el consejo de Dios, sino porque la iglesia se vuelve tremendamente antropocéntrica porque se verá tentada a hacer una lista arbitraria, subjetiva y tendenciosa de lo que es o no fundamental, de acuerdo a su propia visión. Reconocemos como todo cristiano verdadero el valor de la doctrina de la salvación, pero esta doctrina debería mirarse como el punto de partida de una verdadera unidad y el punto de cohesión de todas las demás doctrinas, pero jamás debería verse como la doctrina que anula las demás. Sería más humilde pensar que abrazar una correcta soteriología nos deja hasta ahora en el punto de partida legitimo para generar una verdadera unidad de allí hacia adelante, que pensar que es el todo lo que representa la unidad eclesial.

Al procurar la unidad “hacia abajo” (hacia el mínimo común denominador), parecería sugerir que lo esencial es lo que en última instancia termina redundando en el beneficio del hombre y lo secundario corresponde a los intereses de Dios. Así, es esencial la “salvación por gracia”, ya que en medio esta obviamente, el beneficio de la criatura, pero no es esencial “la adoración a Dios”, porque esto solo redunda en la gloria de Dios. Así, esta unidad “hacia abajo”, pone un ladrillo sobre la cabeza de la iglesia, que le impide su crecimiento y su conformación “hacia arriba” donde hay más luz, esta conformación al Varón Perfecto y sume a la iglesia en la búsqueda egoísta de lo que más le conviene, perdiendo de vista  lo que es esencial como la gloria de Dios, la edificación en todo el consejo de Dios, la inspiración e inerrancia de las Escrituras, solo por dar algunos nombres.

Hay algo bien fuera de lugar cuando en la iglesia, la adoración a Dios no es algo esencial, cuando la suficiencia de las Escrituras no es algo esencial, cuando la madurez no es algo esencial. Si bien, dichas cosas no son esenciales para justificación, no por eso dejan de ser esenciales para una vida eclesial santa y pura según la expectativa de Efesios 4:16. La justificación no es el único propósito de Dios sobre su iglesia, la santificación también lo es, la madurez lo es también. La unidad básica, empieza con lo que es esencial para justificación, pero no debe quedarse allí, sino que a partir de esa medida básica, la iglesia debe avanzar hasta que llegue a la plenitud de Cristo. La obra de los pastores dados a la iglesia, es pertrechar al creyente para que crezca en santidad y madurez (Ef.4:11-12). Allí,  arriba del muro de las doctrinas hay más claridad, pues está escrito que: 'en su luz, veremos luz' (Sal.36:9). Donde hay más luz de la Palabra, la unidad se materializa, siempre basada en un fundamento tan sólido como lo es la obediencia de la verdad y no la ausencia o el mínimo de ella, como aparentemente se exhorta en los llamados a la unidad de la iglesia.

Ahora, pudiera surgir la idea que mientras una iglesia o las iglesias nos encontramos más arriba del muro donde hay más luz, la comunión entre iglesias no será posible y estemos destinados a mirarnos con reservas y desconfianzas, los unos para con los otros. Sin duda que uno de los peligros de la falta de unidad en la fe, es por supuesto, menos confianza en los lazos de hermandad. Sin embargo, una iglesia  que es consciente de su estado además que de su estándar podrá madurar en unidad si existe una cooperación en dirigirnos a la estatura del Varón Perfecto. Pero no es aquella cooperación de pasar por alto la doctrina y presentar un frente común de trabajo, creamos lo que creamos y hacer muchas actividades de unión externa. La cooperación que habría entre iglesias, la que honraría le verdad, consistiría en la ayuda mutua y esforzada por aunarnos en la verdad y cada vez en más verdad. La renuencia de parte del pueblo de Dios a crecer en la verdad o a hacerlo selectivamente, hará lento el buen proceder de la iglesia que avanza a la conformación a la doctrina tal y como la hemos recibido. Negarse de cierta manera o quitarse los aparejos y estándares del mundo, de una religión comprobada como errónea, o mantener ciertas anclas por inofensivas que parezcan, lo único que hará es acrecentar la distancia en un cuerpo que debe gozar de una cohesión admirable y un crecimiento parejo en el Señor.

La solución pues, no está en reconocer lo mínimo aceptable que necesitamos para identificarnos como los que por gracia y “así como por fuego” somos salvos, siendo una ganancia de enormes proporciones como lo es, ni en hacer distinciones arbitrarias y algo confusas dentro de la misma Palabra de Dios de lo que es o no esencial, sino avanzando en una vida de santificación cada vez más creciente, como corresponde a una iglesia lavada por la Palabra, cada vez mejor ataviada para su Señor, 'siendo edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu' (Ef.2:20-22).

Seguro que hallar esta coordinación y cooperación mutua para aunarnos en la verdad y cada vez más verdad, no es fácil, pero ¿cuál sino este es el fundamento legítimo de la unidad, según la Palabra de Dios?