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MEMBRESÍA REGENERADA

MEMBRESÍA REGENERADA
Por: Jorge Castañeda

ovejas 3Si existe una época muy apropiada para hablar de este tema, es la actual. No porque los asuntos referentes a una vida saludable de iglesia no hayan sido objeto de atención antes, sino por la particular época de individualismo y egoísmo que ha permeado la iglesia en la actualidad. Se pudiera afirmar sin temor a la equivocación o a la exageración, que la mayoría de creyentes hoy, toman la iglesia bajo la misma filosofía del supermercado y por eso se ha acuñado la frase “cristianismo de consumo”. Déjeme explicarlo un poco más. Ir de compras tiene su filosofía implícita incorporada. Usted va al supermercado que desee, y dispone de lo que usted quiera. Usted no tiene que conocer o tener un trato amigable con los que se encuentra allí ni mucho menos con el dueño de este establecimiento. No tiene que dar razón de su vida ni del por qué compra lo que compra. Usted no está obligado a comprar de todo lo que ofrecen allí, usted está al mando. Vuelve cuando quiera o cuando exista una necesidad. Usted exige porque paga y si no le gustó algo, bien puede cambiar de supermercado.

Y allí está Juan Cristiano, que va a la iglesia a suplir sus necesidades y cuando lo hace se va. No le interesa la comunión eclesial ni dar cuentas de su vida. No tiene una comunión real con los demás creyentes, y es selectivo en cuanto a lo que recibe de las predicaciones. Con la misma facilidad que recibe los consejos que cuadren perfecto con lo que deseaba escuchar, también resiste las exhortaciones que no le gusta escuchar, igual jamás obedece. Ofrenda como un pago por el servicio y a veces cree tener derecho a exigir por el pago. Viene a los cultos que quiere y se compromete solo a los programas que quiere. Vuelve cuando se siente algo vacío o incómodo y si algo no le gustó, cambia de iglesia a una que, según su criterio, le ofrece lo que realmente necesita. Siempre está al mando y profesa ser un cristiano que no necesita de ninguna iglesia en particular porque Dios solo tiene una iglesia.

Usted pensará que esto tal vez sea exagerado o pintoresco, pero son muchos los cristianos que asumen así su vida cristiana. Esa enseñanza sobrenfatizada que lo único que importa es tu relación íntima y personal con Dios, a veces ha hecho más daño que bien, al menos en nuestra cultura, porque hemos perdido, si es que alguna vez lo hemos tenido, la dimensión eclesial de nuestra profesión de fe. Que, para el concepto de la Biblia, es muchas veces lo que en verdad define y expresa la verdadera salud espiritual de un individuo. No es raro que hablar de membresías en las iglesias sea más extraño que la palabra hipóstasis. La mayoría de gente aseguraría que asistir a una iglesia, es lo mismo que pertenecer a ella. Pero esta manera de pensar ignora la Palabra de Dios, deja por fuera el papel de la iglesia local en la recepción de los miembros y promueve en la práctica, una vida eclesial ajena en el Nuevo Testamento.

 

Principio General
Las iglesias locales deben estar compuestas de todos los verdaderos creyentes en el Señor Jesucristo, llamados así discípulos, quienes están gobernados por Cristo a través de su Palabra, porque esta también es la realidad del aspecto universal de la iglesia.  La frase debla Confesión Bautista de Londres de 1689 nos ayuda a entender este asunto en 26:2:
“Todos en todo el mundo que profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por Cristo conforme al mismo, que no destruyen su propia profesión mediante errores fundamentales o conductas impías, son y pueden ser llamados santos visibles; y de tales personas deben estar compuestas todas las congregaciones locales”.

Las iglesias deben recibir y retener solo aquellos que son verdaderamente convertidos a Cristo. En otras palabras, ninguna persona debe ser miembro de una iglesia si no es una persona salva. El Señor Jesucristo, ordenó a la iglesia, en cabeza de los apóstoles, hacer discípulos, bautizarlos y seguirles enseñando todas las Palabras de Cristo: ‘Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén’ (Mt.28:19-20). En Hch.2:41-42 leemos: ‘Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones’. Hubo gente que recibió la Palabra de Dios y fue recibida a la iglesia, quienes a partir del momento llevaron una vida particular. En Hch.9:26 existe un dato iluminador: ‘Cuando [Pablo] llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo’. ¿Qué no le permitía ser aceptado en la iglesia? Las únicas personas que ellos permitían en la membresía era alguien a quienes ellos consideraban como un verdadero discípulo de Cristo.

Luego en 2 Cor.6:14-16 encontramos una amonestación que a veces se utiliza con frecuencia para apoyar que los creyentes no se pueden casar con incrédulos; algunos han utilizado este pasaje para decir que los creyentes no deben ser socios en negocios con incrédulos: ‘No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente’. A pesar de cualquier principio o aplicación más amplia del pasaje que pueda existir, el punto básico y más evidente tiene que ver con la comunión en la iglesia. El punto principal del pasaje es decir que el pueblo de Dios nunca debe junarse o tener esa comunión con gente incrédula. Los incrédulos no pueden tener lugar en la iglesia, no tienen lugar en el templo de Dios. La iglesia no puede estar unida con los incrédulos en asuntos religiosos. Los incrédulos no tienen lugar en el pueblo de Dios, en la iglesia de Dios.

 

Implicación
Entendiendo que el Señor ordenó hacer discípulos, que ellos son los que deben ser bautizados y enseñados en todas las palabras de Cristo, entendiendo que las iglesias locales deben estar compuestas únicamente por los discípulos del Señor, la implicación necesaria es que la iglesia debe estar, de cierta manera equipada para reconocer un discípulo de Cristo. Y aquí viene un asunto que pone tensión a esta implicación. ¿Sobre qué base recibiremos a un discípulo si el conocimiento de la iglesia acerca del individuo no es absoluto ni tan profundo para conocer su corazón? Los mismos discípulos no querían recibir a Pablo en la iglesia porque no creían que él fuera discípulo posterior a la conversión de Pablo. Esto nos enseña que la iglesia en esa situación no tenía un conocimiento infalible, ni tampoco nosotros.

Pero dos asuntos pueden aclarar nuestro camino. El primero, que, en el caso de la iglesia, conociendo nuestra propia limitación, debemos recibir como miembros a los individuos sobre la base de una profesión de fe creíble en su momento. Por supuesto que los verdaderos creyentes darán una profesión creíble de su fe, pero en algunas ocasiones, gente que temporalmente da muestras de una profesión creíble de fe, es aceptada como parte de la iglesia. Aunque jamás sea un ideal, eso es una posibilidad real en la vida de la iglesia. Recordemos que en épocas de los apóstoles con los ojos entrenados y habiendo recibido directamente del Señor Jesucristo la instrucción, esta fue la práctica. Ellos recibieron como discípulos a gente basados en una profesión de fe creíble en su momento sin pretender tener la infalibilidad de sus acciones, pero sí procurándola. Es el caso de Simón el mago de quien leemos en Hch.8:12-13: ‘Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres. También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, estaba atónito’. Este hombre fue recibido por una profesión de fe creíble en su momento. Luego, una providencia reveló que no era un discípulo verdadero, pues fue llamado al arrepentimiento genuino (vv.22.23). Por supuesto que la iglesia en cabeza de sus ancianos, debe esforzarse por recibir a la membresía a los individuos creyentes, pero a causa de nuestras limitaciones, recibimos a los que profesen creíblemente la fe en su momento.

El segundo dato iluminador es que la iglesia buscaba una esencia creíble de fe en asuntos muy particulares y nosotros también debemos hacerlo. Si el Señor nos ordenó hacer discípulos y bautizarlos, deben existir algunas evidencias generales para saber si una persona es discípulo de Cristo o no. ¿Cómo podemos discernir si una profesión de fe es genuina? Hay básicamente tres evidencias de una conversión genuina a saber: Evidencias doctrinales, lo que nos señala hacia el conjunto de verdades elementales y rudimentales sin las cuales alguno no puede ser llamado cristiano. También tenemos evidencias de una transformación moral que progresa, porque en el caso de los creyentes, ellos están experimentando el dominio progresivo del Espíritu Santo y no esperaríamos encontrar a creyentes andando en conductas pecaminosas sostenidas e impenitentes, en pecados escandalosos. Si es que un individuo anda en comunión personal con Dios en una vida santa y creyente en el evangelio. Pero existen evidencias comunitarias, una inclinación a andar con el pueblo de Dios y como el pueblo de Dios. Los convertidos que se nos refieren en Hechos 2, probaron la genuina naturaleza de su arrepentimiento y fe siguiendo firmemente activos en cuatro áreas básicas de la vida cristiana—la doctrina de los apóstoles, la comunión con los hermanos, el partimiento del pan, y las oraciones (Hch.2:42). Estas evidencias eran visibles, y palpables.

 

Conclusión
En otras palabras, el ministerio de la iglesia en cabeza de sus ancianos, es el de recibir como miembros a individuos sobre una profesión de fe creíble en su momento y hasta donde pueda ser corroborable, tanto en lo que cree, como en su vida practica y sus nuevas inclinaciones hacia una vida de piedad en el contexto de la iglesia. Por supuesto que no se espera que estas cosas estén tan maduras como pueda llegar a estar, pero sí a la manera de una orientación, una evidencia, una inclinación seminal de ellas. La responsabilidad de la iglesia es, mientras su habilidad lo permita, nunca permitir que los incrédulos sean parte de la membresía de la iglesia; la iglesia debe discernir la confesión o la profesión de fe y hacerlo conscientemente. Eso no significa que en esta responsabilidad será infalible, pero debe ser responsable en esta tarea.

¿Detiene esto que se infiltren individuos fraudulentos? No, por ello, la iglesia también tiene herramientas en su mano para la corrección del pecador o la expulsión de quienes, al menos por su evidencia sostenida, destruyen su profesión de fe. La iglesia puede ser responsable y realista sin ser complaciente. En otras palabras, no tenemos que desplomarnos cuando nos damos cuenta de que hay hipócritas en la iglesia. ¿Qué debe hacer la iglesia? Tratar el caso y seguir sus labores. Simplemente porque nos demos cuenta de que hay una iglesia que tienen algunos inconversos, no por eso vamos a considerar que esa iglesia no es una iglesia verdadera. Eso nos permite ser realistas y ese realismo nos permite ser amables y cuidadosos al juzgar a los otros cristianos. Este realismo sirve como una base y principio para juzgar a nuestros hermanos con caridad.

Y este comentario me permite desplazar a la tercera marca de una iglesia bíblica que abordaré: la disciplina bíblica.