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EL OBJETO DE LA ALABANZA

Mayo 15

‘A Jehová tu Dios temerás, a él solo servirás, a él seguirás, y por su nombre jurarás. Él [es el objeto de] tu alabanza’.
Deuteronomio 10:20-21ª

 

 

Si usted quiere tener un concepto lo más variopinto posible acerca de cuál es el objetivo, la meta, el propósito de la adoración, pregúnteselo a los cristianos. Usted encontrará que para muchos “venimos al culto a gozarnos”, “adoramos para que Dios haga cosas poderosas”, “para olvidar nuestras cargas”, “para recibir alguna bendición”. Para otros, adoramos a Dios para glorificarlo, honrarlo y darle loor y sin embargo si le preguntáramos a esos creyentes qué es eso de glorificar, honrar y darle loor a Dios, nos responderían con palabras tan ambiguas e imprecisas que reflejarían más bien que la adoración para ellos es algo más bien subjetivo, incierto que no puede ser definido.

Esa costumbre que arrastramos del mundo de hacer redundar todas las cosas en nosotros, nos persigue hasta en la adoración a Dios. Somos nosotros los que deseamos tener una experiencia, un sentir, una emoción. Nos preguntamos unos a otros si el culto nos pareció bien, si nos gustó. Calificamos una alabanza como buena o mala según nos haya movido en el alma y si produjo en nosotros una experiencia emotiva o mística. Muchas comunidades de adoración estimulan el aspecto visual y sensitivo de la adoración, lo que hace mucho más difícil, por no decir que imposible, adorar como la Escritura lo enseña. Así, no hemos hecho otra cosa que ser el centro de la adoración, completamente contrario a lo que enseña el texto de estudio de hoy.


El texto es muy relevante pues en su idioma primario lo que afirma literalmente es: ‘Él, tu alabanza’. De lo que podemos claramente concluir que solo Dios desea ser el fin, el motivo, el centro, el pináculo, el foco, de la alabanza. Todas las cosas en la adoración deben estar centradas en Él, en reconocer lo que es y lo que hace. Cada palabra, canto y actividad en medio de la adoración debe tener en mente solo Su aprobación, Su gusto, Su  complacencia. La adoración no debería estar centrada en un conjunto de afirmaciones de lo que nosotros hacemos, sentimos, esperamos sino en aquello que Dios es, hace y hará. El enfoque esencial debe ser Dios mismo. La idea no es que Dios sea el objeto principal de la adoración sino que debe ser el objeto único de ella.
Una comunidad de creyentes no queda sin culpa cuando estimula a los creyentes a centrarse en sus propios gustos y los distrae de la verdadera adoración. La gente puede salir de esas reuniones con un sentido de haber adorado a Dios pero sin haberlo hecho en realidad. Cuando Dios esperó que su pueblo le rindiera a Él sacrificios espirituales de alabanza, ellos esperaban llenarse a sí mismos de satisfacción, alegría y sentirse bien. Y mucho peor, que esa satisfacción vino exactamente con los mismos medios que el mundo usa para estimular la alegría la satisfacción como lo es la música sensual, la danza, el canto moderno, las luces, las arengas y palabras sugerentes.


La iglesia de Cristo debe madurar en su comprensión de lo que es la adoración renunciando deliberadamente a la falsificación que ahora compra. Cuando en una reunión de adoración usted pueda ver que cada cosa está centrada en Dios, en su reconocimiento, en su nombre, en su memoria, en su magnificencia, en su majestad, en lo que Él es, en sus obras de creación, providencia y sobre todo de redención, y que tal adoración esté siendo inflamada no por elementos externos sino por la Palabra de Dios, podremos saber que allí se está adornado como Dios demandó. Cuídese de una adoración centrada en usted y su gusto y niéguese a sí mismo para dar una adoración verdadera porque Él dijo, “yo, tu alabanza”.

 

Lectura Bíblica

 

1 Corintios 7, 8
Salmo 134