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LA PRESIÓN NUNCA ES BUENA CONSEJERA

Julio 13

‘Y David respondió a Aquis: ¿Qué he hecho? ¿Qué has hallado en tu siervo desde el día que estoy contigo hasta hoy, para que yo no vaya y pelee contra los enemigos de mi señor el rey?’
1 Samuel 29:8

 

Uno de los errores más grandes al leer la historia, es situarnos como jueces sabios afirmando con propiedad lo que se debió o no hacer en determinadas situaciones. Si bien, podemos hacer una evaluación y un dictamen acertado, usted debe aceptar que el no haber estado en ese preciso instante, bajo las circunstancias particulares que se dieron y con las herramientas que se tenía para el momento, nos quita cierta capacidad para evaluar los hechos correctamente.

Esta verdad se incrementa cuando a la distancia calificamos con algo de rudeza a los hijos de Dios y sus evidentes debilidades, que la Biblia no trata de disimular, sino que las preservó para nuestra instrucción.


Alguno pudiera mirar a Adán y pensar que de haber estado allí, hubiese obrado de manera deferente. Otro puede exhortar a Abraham por no haber esperado el cumplimiento de la promesa. Por allí hay uno que menea la cabeza en desaprobación viendo a Moisés golpear la roca o poner su cabeza entre las manos al considerar a Pedro hundiéndose en el agua. Sin duda que la Biblia no disculpa su manera de obrar y más bien nos proporciona varias herramientas de inestimable valor para nuestra vida cristiana. Estos relatos y otros nos muestran el extremo cuidado que debemos tener cuando estamos bajo presión. No juzgamos a estos hombres con rudeza pero aprendemos con solemne temblor, dónde los hijos de Dios tenemos pies de barro. Cuando vez a gigantes espirituales caer a la lona por el monstruo de la presión, algo en nuestra alma susurra un ¡Ay de mí!


David no fue la excepción. Por mucho tiempo Saúl lo persiguió, haciendo que su vida no gozara de estabilidad, huyendo continuamente, viviendo a diario bajo la zozobra de ser alcanzado por su archienemigo. En un momento, estuvo a punto de ser alcanzado si no hubiese habido una incursión de los filisteos (1 Sam.23). Así que tanto tiempo bajo tanta presión, venció a David. Él decidió pasarse al pueblo que procuró siempre el exterminio de Israel (1 Sam.27:1). Allí David tuvo que amoldarse un poco y por un tiempo se ocupó en asuntos difíciles de entender para un hombre que confiaba en Dios (1 Sam.27). En otra ocasión los filisteos fueron a la guerra contra Israel pero esta vez David se enfiló. Piense un momento en esto. David, el ungido y prometido rey de Israel, en el ejército de quienes harían daño ¡a Israel! De no ser porque los mismos filisteos desconfiaron de David, este hombre hubiese manchado sus manos con la sangre de sus compatriotas.


Usted jamás debe menospreciar el poder de una presión. ¡Qué cosas vergonzosas nos ha hecho hacer la presión económica! ¡Cómo hemos manchado el nombre de Cristo y nuestra profesión por una presión de grupo! ¡De qué forma hemos desdibujado el poder del evangelio ante una presión emocional, familiar, eclesial o bajo una situación difícil! Palabras cuestionables, acciones desconcertantes, pecados, situaciones más difíciles, dolor, vergüenza y más, son el resultado amargo de ceder a la presión. Muchos hombres han errado y Dios los dejó en su Santo Registro, para que usted y yo no caigamos bajo su poder.


La presión nunca es buena consejera, la Palabra de Dios sí, siempre lo es. Cuando venga la próxima presión o quizás la misma pero recargada, usted debe calcular si se va a dejar llevar por la presión –que siempre está preñada de dolores-, o si va a obedecer las Escrituras a toda costa, sabiendo que ésta no tiene contraindicaciones. Deténgase hoy y reflexione en esto.

 

Lectura Bíblica

 

1 Crónicas 16, 17, 18
Salmo 6